Opinión por el periodista Javier Manzano. Especial para ED
La noticia que recorrió el mundo —la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses— representa, en términos históricos, un momento de justicia para millones de venezolanos que sufrieron décadas de represión, hambre, exilio y terror estatal. Donald Trump confirmó que Maduro y su esposa fueron detenidos por cargos federales y trasladados a Estados Unidos, donde afrontan acusaciones por narcotráfico y otros delitos. (ABC News)
Quienes han defendido a Maduro y a su régimen —muchos de ellos encuadrados en sectores de la izquierda latinoamericana— ahora enfrentan un espejo brutal: ¿cómo justificar a un gobierno que consolidó un aparato represivo capaz de encarcelar opositores, torturar disidentes y destruir a su propio pueblo, mientras ellos callan o desinforman sobre estas realidades?
La evidencia de la represión y el desastre
No es una exageración ni una caricatura ideológica: Venezuela bajo Maduro se transformó en un estado policial con economía colapsada. La cifra de presos políticos rebasa los cientos, muchos sufren condiciones inhumanas, y la Bolsa del Helicoide, emblemática por los testimonios de tortura, se convirtió en símbolo de una dictadura que utiliza el miedo como herramienta política. Organizaciones de derechos humanos han documentado desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias y tratos crueles sistemáticos durante años.
Y, sin embargo, desde la izquierda militante regional —incluidas voces que se autodenominan “progresistas” o humanistas— la respuesta ante estos crímenes fue, en demasiados casos, el silencio o la desculpabilización: «es culpa del bloqueo», «es una disputa imperialista» o el argumento más indignante: «los defectos del régimen no invalidan el proyecto revolucionario». Este doble estándar se parece más a una religión dogmática que a un análisis honesto de la realidad.
Hipocresía ideológica: callar ante la opresión
Resulta profundamente contradictorio que algunos de estos mismos grupos que clamaron contra las dictaduras militares de las décadas pasadas, oponiéndose a desapariciones y torturas, hoy justifiquen o relativicen las graves violaciones de derechos humanos perpetradas en Cuba, Nicaragua o Venezuela. Peor aún, cuando Maduro intensificó la persecución contra sacerdotes, periodistas, opositores, líderes estudiantiles y empresarios, más de un “intelectual de izquierda” guardó silencio o, en su lugar, difundió desinformación justificando al régimen.
Este problema no es accidental: se trata de un sesgo ideológico que antepone un dogma político abstracto —el antiimperialismo— a los hechos concretos de represión, hambre y opresión. Ignorar la brutal realidad venezolana solo deshonra la memoria de las propias luchas por los derechos humanos y fortalece la narrativa de quienes desean que regímenes de corte comunista y autoritario sigan intactos.
¿Justicia o intervención?
Criticar a quienes justifican estas tiranías no es automáticamente celebrar una intervención militar extranjera. El debate sobre la legalidad de la captura de Maduro y las repercusiones internacionales es legítimo —varios expertos señalan que la incursión viola normas de derecho internacional y soberanía nacional—, pero una cosa es discutir los límites legales, y otra muy distinta es blanquear a un dictador por motivos ideológicos. (chathamhouse.org)
Dicho esto, resulta claro que el régimen madurista, corrupto y criminal, despojó a los venezolanos de sus libertades más básicas. Que ahora esté ante tribunales, aunque sea en un país extranjero, abre una posibilidad de rendición de cuentas que nunca ofreció en su propio sistema judicial.
Para los zurdos que miran para otro lado
A quienes hoy desde sus cómodas tribunas sostienen que «no existió dictadura» o que «Maduro es víctima del imperialismo», les digo: la historia no será amable con ustedes. No hay antiimperialismo que valga cuando se defiende a quienes reprimen a su pueblo, encarcelan a sus críticos y exportan miseria. Negar estas evidencias o intentar relativizarlas coloca a cualquier discurso de izquierda más cerca del fanatismo que de la verdadera búsqueda de justicia social.
La captura de Maduro no es un triunfo de Estados Unidos ni un salto triunfante hacia la democracia inmediata en Venezuela. Es, antes bien, un punto de inflexión. Y para muchos latinoamericanos, una oportunidad de reflexionar sobre cómo la ceguera ideológica puede llevar a apoyar, justificar o minimizar atrocidades frente a las que no se puede ni se debe callar.


